Morante en San Miguel 2026: dos tandas y una tarde sin fondo

El torero de La Puebla dejó dos series diestras de pulso y naturalidad ante Colorido antes de que el toro se apagara. El sobrero del cuarto apenas le permitió plantear faena en el cierre de una Feria de San Miguel marcada por el fracaso de Garcigrande.

Por Olga Pérez

La tarde de Morante de la Puebla en San Miguel 2026 comenzó con la Maestranza llena y terminó bajo el peso de una corrida que nunca llegó a romper. El domingo 27 de septiembre, el torero hacía su quinto paseíllo del año en Sevilla junto a Daniel Luque y Borja Jiménez. El cartel había agotado las localidades, pero los toros de Garcigrande, desiguales de presentación y vacíos de fondo, cerraron casi todas las puertas al lucimiento.

La expectación estaba puesta en Morante y también en el propio escenario. Sevilla aguardaba otra de esas tardes capaces de alterar el pulso de la plaza. Esta vez, sin embargo, la corrida impuso pronto su medida: mansedumbre, falta de celo y una alarmante ausencia de duración. El toreo apenas pudo aparecer por fragmentos.

Colorido y dos tandas por el pitón derecho

Morante recibió a Colorido, número 77, colorado y de 525 kilos, vestido con un terno de seda color vino y oro confeccionado por Justo Algaba. El traje recreaba el que Joselito el Gallo estrenó el 8 de febrero de 1920 en la plaza de Acho de Lima, una referencia histórica que el torero llevó al ruedo con las formas del vestido original.

Colorido salió suelto, pendiente de tablas y chiqueros, y no permitió a Morante asentarse con el capote. El torero trató de fijarlo y dibujó el intento, pero faltaron entrega y continuidad en la embestida.

La faena de muleta se abrió con ayudados firmes. Después llegaron dos tandas por el pitón derecho en las que Morante encontró el ritmo que no había ofrecido el toro en los primeros tercios. Hubo suavidad, temple y naturalidad, especialmente en la segunda serie, cuando la embestida pareció acompasarse durante unos instantes a la cintura del torero.

La posibilidad duró poco. Colorido perdió recorrido, se quedó cada vez más corto y terminó por negarse a embestir. Morante buscó la distancia y sostuvo la faena mientras hubo una mínima respuesta, pero el toro se apagó sin permitirle redondear lo que aquellas dos tandas habían anunciado. Mató de una estocada baja y escuchó una ovación.

El sobrero que tampoco quiso

El cuarto toro titular fue devuelto por un problema de visión y en su lugar salió un sobrero de Garcigrande. La sustitución abrió una nueva espera en los tendidos, aunque la esperanza apenas sobrevivió a los primeros compases.

El sobrero llegó a la muleta sin codicia ni recorrido. Morante lo vio con rapidez y evitó prolongar una labor sin materia. Desde el primer muletazo hasta la estocada transcurrieron poco más de dos minutos. No hubo faena posible: solo la decisión de resolver con brevedad y respeto una situación que el toro no permitía transformar.

La espada quedó casi entera y la actuación se cerró en silencio. La corrida de Garcigrande había terminado por imponer su falta de emoción a los tres toreros y fue despedida con protestas en los arrastres.

La medida de una tarde sin triunfo

Morante se fue de San Miguel sin trofeos y con el gesto contrariado de quien había buscado una embestida que nunca terminó de llegar. La ficha resumirá su tarde con una ovación y un silencio, pero el relato guarda algo más preciso: dos tandas diestras ante el primero y la evidencia, en el sobrero, de que insistir también tiene un límite.

No fue una tarde de obra completa. Tampoco una tarde vacía. Durante unos instantes, Colorido permitió que aparecieran el pulso y la naturalidad de Morante antes de apagarse. Fue apenas una posibilidad, pero bastó para que la Maestranza volviera a reconocer aquello que había ido a esperar.

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