Morante de la Puebla encontró en «Postinero», de Álvaro Núñez, el toro con el que interpretar una de esas faenas que permanecen más allá del resultado. Mérida contempló una obra de profundidad, temple y personalidad cuyo momento culminante llegó al natural. La espada negó los trofeos. Lo sucedido en el ruedo, no.

Hay noches que parecen preparadas para que ocurra algo.

Mérida tenía el 4 de septiembre todos los ingredientes. La historia envolviendo el Coso de San Albín, una corrida nocturna vestida de Roma, el flamenco esperando su momento y Morante de la Puebla sobre el albero.

La denominada Corrida Romana de Mérida, celebrada dentro de la Feria y Fiestas de la ciudad, reunió al rejoneador portugués Marcos Bastinhas y a Morante de la Puebla, con toros de Herculano Silva para rejones y de Álvaro Núñez para el diestro sevillano.

Y junto al toreo, el cante.

Israel Fernández, acompañado por la guitarra de Diego del Morao y las palmas de Marquitos Carpio y Pirulo, puso voz a una noche en la que dos lenguajes profundamente unidos por la emoción iban a terminar encontrándose.

Porque hubo un momento en Mérida en el que el cante estuvo en el aire y el toreo encontró su música.

Un primer toro que apenas permitió intentarlo

El primer toro de Morante de la Puebla, perteneciente a la ganadería de Álvaro Núñez, llegó al último tercio muy limitado de fuerzas.

Había poco de donde sacar.

Morante midió los tiempos y administró las escasas embestidas de un animal que no terminaba de entregarse. Lo probó por ambos pitones, esperando encontrar una posibilidad que permitiera construir la faena, pero faltó fondo para que aquello pudiera crecer.

Resolvió de una estocada y escuchó palmas.

La noche de Morante en Mérida parecía haber comenzado sin encontrar todavía su argumento.

Quedaba «Postinero».

«Postinero»: cuando cambió la noche

El cuarto toro se llamaba «Postinero».

Era también de Álvaro Núñez.

Y esta vez hubo toro para que apareciera el torero.

Las primeras señales llegaron con el capote. Morante recibió al animal con tres largas cordobesas y después aparecieron las verónicas: personales, encajadas, dichas con ese sello que convierte un lance conocido en algo reconocible.

«Postinero» fue pasando por el caballo procurando conservar sus fuerzas.

Había algo que cuidar.

Algo que esperar.

Y la espera encontró respuesta cuando Morante tomó la muleta.

Primero fue la distancia. Después, el ritmo.

Y finalmente apareció ese entendimiento difícil de medir que se produce cuando toro y torero comienzan a encontrarse.

Detener el Toreo por la izquierda

Vídeo Morante Mérida Capote

Por la izquierda, Mérida vio detenerse el tiempo

La faena no necesitó precipitarse.

Fue creciendo.

Morante fue consintiendo la embestida de «Postinero», conduciéndola y componiendo cada muletazo desde su propia manera de entender el toreo.

Pero fue cuando cambió la muleta a la izquierda cuando la faena alcanzó otra dimensión.

Llegaron los naturales.

Profundos. Templados. Lentos.

El toro recorría la tela y Morante parecía prolongar cada embestida hasta un lugar que estaba un poco más allá de lo previsible.

No había prisa.

Cada natural tenía su tiempo.

Cada remate encontraba su sitio.

Y por momentos, el toreo pareció adquirir esa cualidad extraña que tienen algunas faenas: la sensación de que alrededor está ocurriendo todo y, al mismo tiempo, durante unos segundos no ocurre absolutamente nada más.

Solo el toro.

La muleta.

Y el hombre esperando

Vídeo Morante Mérida Muleta

La cercanía añadió intensidad. Los muslos ofrecidos, la quietud y la manera de conducir al toro fueron llevando la faena hacia terrenos de mayor emoción.

Ya no se trataba de enlazar pases.

Se trataba de interpretar.

De encontrar belleza dentro de una embestida y darle forma.

Morante, Israel Fernández y una misma forma de decir

Antes de comenzar, Morante había brindado la muerte de «Postinero» a Israel Fernández.

El gesto terminó cobrando sentido durante la faena.

Mientras el cantaor ponía voz a la noche emeritense, Morante encontraba otro compás sobre el ruedo.

Toreo y flamenco compartieron entonces algo más que escenario.

La pausa.

El temple.

El silencio necesario antes de decir.

La personalidad para interpretar algo que otros también conocen y hacerlo, sin embargo, de una manera propia.

No era cuestión de adornar la faena con el cante.

Era la coincidencia de dos formas de expresión en un mismo instante.

Y Mérida las tuvo delante.

La espada negó el premio, no la faena

Todo parecía encaminado hacia los trofeos.

La faena había alcanzado altura y el público había entendido lo que estaba sucediendo.

Pero faltaba la espada.

Un metisaca en los medios, un pinchazo y el posterior descabello dejaron finalmente la obra sin el premio que parecía aguardar al final.

Morante recibió una ovación tras petición.

No hubo orejas.

Y quizá ahí esté también una de las verdades del toreo: el resultado y el recuerdo no siempre coinciden.

Las estadísticas dirán que aquella noche Morante de la Puebla no cortó una oreja a «Postinero».

La memoria de quien estuvo allí puede contar otra cosa.

Morante en Mérida: lo que queda cuando no quedan trofeos

Hay faenas que permanecen por una puerta grande.

Otras quedan asociadas al nombre de un toro, a una plaza o a un número de orejas.

Y existen otras que sobreviven de una manera mucho más difícil de explicar.


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