La Corrida Goyesca regresó a la Real Maestranza de Caballería de Ronda después de dos años de ausencia. Morante de la Puebla volvió a pisar uno de los escenarios con más historia del toreo en una tarde en la que los toros no permitieron la obra esperada. Quedaron el capote, una larga cordobesa y la búsqueda.
Vídeo Paseillo Ronda 2026
Hay plazas a las que se va a torear.
Y hay plazas a las que, además, se entra en la historia.
Ronda pertenece a las segundas.
El 5 de septiembre de 2026, la Real Maestranza de Caballería recuperaba su Corrida Goyesca después de dos años de ausencia por las obras de rehabilitación del histórico coso.
Volvía una de las estampas más reconocibles de la tauromaquia.
Y volvía Morante.
En una plaza atravesada por los nombres de Pedro Romero y Antonio Ordóñez, Morante de la Puebla regresaba a un escenario especialmente cercano a su manera de entender el toreo: la tradición no como recuerdo inmóvil, sino como algo que vuelve a suceder cada vez que alguien es capaz de interpretarla.
La expectación estaba servida.
Pero el toreo nunca firma contratos con la expectación.
Ronda volvía a vestirse de Goyesca
La tarde tenía algo de acontecimiento incluso antes del paseíllo.
La recuperación de la Goyesca devolvía al calendario uno de sus festejos más singulares. El cartel reunía al rejoneador Diego Ventura y a los matadores José María Manzanares, Morante de la Puebla y Juan Ortega, con toros de Garcigrande para la lidia a pie.
La plaza recuperaba su imagen.
Los tendidos, su liturgia.
Ronda, su Goyesca.
Todo parecía dispuesto para que ocurriera algo.
Pero existe una condición que ninguna plaza, ningún cartel y ninguna expectación pueden garantizar.
El toro.
El primero: buscar donde apenas había
El primer toro de Morante ofreció pocas posibilidades.
Ya con el capote comenzó a advertirse que el animal no iba a proporcionar demasiadas facilidades. Faltaba recorrido y faltaba fondo.
Morante trató de medirlo, de encontrarle las vueltas, de esperar alguna embestida sobre la que pudiera construir.
No apareció.
Y hay tardes en las que la verdadera medida de lo que ocurre está precisamente ahí: en distinguir entre lo que el torero quiere hacer y aquello que el toro le permite hacer.
Morante buscó.
El toro puso el límite.
Y la faena no encontró terreno para crecer.
Una larga cordobesa para guardar Ronda en un instante
Con el segundo llegó una imagen.
A veces basta una.
Morante recibió al toro y dibujó una larga cordobesa de enorme personalidad.
El capote se convirtió durante unos segundos en el argumento que la tarde todavía no había encontrado.
Ronda estaba allí.
Morante también.
Y apareció el toreo.
Vídeo de Morante Capote Ronda
No hizo falta convertir aquel instante en algo que no fue.
Su valor estaba precisamente en su brevedad.
Porque después, cuando llegó el momento de construir la faena, el toro volvió a imponer sus condiciones. La embestida fue corta y rebrincada, sin la continuidad necesaria para que Morante pudiera desarrollar su concepto.
Lo intentó.
Buscó el sitio.
Esperó alguna posibilidad.
Pero no llegó.
La gran faena que la plaza aguardaba quedó sin escribir.
Cuando ni siquiera Ronda basta
La Real Maestranza de Ronda tiene algo que pocas plazas poseen.
Su arquitectura, su historia y la cercanía del ruedo producen la sensación de que allí cualquier lance puede quedar suspendido de otra manera.
Pero ni siquiera un escenario así puede fabricar el toreo.
Puede esperarlo.
Puede reconocerlo cuando aparece.
Nunca provocarlo.
La Goyesca tenía prácticamente todos los ingredientes exteriores para convertirse en una tarde memorable: una plaza recuperada, la historia, el público, un cartel de figuras y Morante.
Faltó aquello que no puede anunciarse en un cartel.
El encuentro.
Ese toro capaz de ofrecer al torero la materia necesaria para construir algo que todavía no existe.
Vídeo de Morante Muleta Ronda
EL Arte también conoce el Silencio
Morante y las plazas que conservan memoria
Hay algo especialmente coherente en la presencia de Morante de la Puebla en Ronda.
Su tauromaquia mantiene una conversación permanente con aquello que vino antes.
No desde la imitación.
Desde la memoria.
Ronda también conserva memoria.
Pedro Romero. Los Ordóñez. La Goyesca. Una determinada manera de entender la liturgia del toreo.
Por eso el regreso de Morante tenía un significado que iba más allá del resultado de aquella tarde.
No fue la Goyesca soñada.
Tampoco una tarde de triunfo.
Pero una trayectoria artística no está formada únicamente por sus obras culminantes.
También la forman las búsquedas.
El arte también conoce el silencio
Hay una parte del toreo que nunca aparecerá en una estadística.
No está en las orejas.
Ni en las puertas grandes.
Está en el tiempo durante el cual un torero observa al toro intentando averiguar qué lleva dentro.
En probar.
En esperar.
En insistir.
Y, algunas veces, en comprender que aquello que uno había imaginado no podrá suceder.
Ronda fue una de esas tardes para Morante.
Quedó una larga cordobesa.
Quedaron algunos detalles.
Quedó la voluntad de encontrar un camino que los toros terminaron cerrando.
Y quedó también una plaza que, después de dos años de silencio, volvía a celebrar su Goyesca.
Ronda: la espera también forma parte del toreo
Cada toro comienza una historia cuyo final nadie conoce cuando se abre la puerta de chiqueros.
Esa incertidumbre es también el toreo.
No todas las tardes pueden terminar en una obra.
No todas las esperas encuentran aquello que buscan.
Morante salió de Ronda sin el triunfo que había imaginado la expectación.
Pero durante unos segundos, con un capote entre las manos y una larga cordobesa dibujándose sobre el albero de Ronda, dejó una imagen.
Después llegó el silencio.
Y también el silencio forma parte de la espera.
MORANTIER’S
El Arte No Se Explica, Se Espera.

Deja una respuesta