Ciertamente, las tardes de Toros, normalmente, se juzgan por lo sucedido en el ruedo, pero hay toreros cuya dimensión exige algo más que el juicio apresurado de una tarde. Morante de la Puebla pertenece, por derecho propio, a este selectivo grupo.
Conviene recordarlo ahora, cuando parece que algunos han decidido medir a José Antonio Morante con una vara que difícilmente aplicarían a cualquier otro torero.
Porque Morante no es solamente el artista capaz de detener el tiempo con un lance de capote. No es únicamente el depositario de una tauromaquia que parecía condenada a sobrevivir en los libros, las fotografías antiguas y la memoria de los aficionados. Morante es, también, el hombre que, cuando el mundo del toro atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia reciente, decidió ponerse al frente.

Desde aquel fatídico 2020, cuando la pandemia dejó a la tauromaquia frente al abismo, Morante ha tirado del carro del toreo como pocos lo han hecho.
Ha anunciado su nombre en plazas grandes y pequeñas. Ha compartido cartel con figuras consagradas y con toreros que necesitaban una oportunidad. Ha asumido el compromiso de enfrentarse a ganaderías y encastes diversos, reivindicando
una riqueza genética y cultural que constituye uno de los grandes patrimonios de la tauromaquia.
Y lo ha hecho exponiendo mucho más que su prestigio.
Porque cada tarde de Morante lleva consigo una exigencia extraordinaria. Al genio no se le permite la vulgaridad, pero tampoco se le perdona la condición humana. Se le exige la obra maestra incluso cuando el toro no la permite. Se espera el milagro como si fuera una obligación contractual.
Y no. El arte no funciona así. Ni la tauromaquia tampoco.
Morante ha regalado al toreo algunas de las páginas más extraordinarias de nuestro tiempo. Ha devuelto a los tendidos públicos que parecían perdidos. Ha despertado el interés de nuevas generaciones. Ha conseguido que se vuelva a hablar del capote, de la colocación, de la naturalidad, de la despaciosidad y de esa verdad antigua que distingue el toreo eterno del simplemente correcto.
No es una impresión aislada: la Real Maestranza de Caballería de Sevilla distinguió en 2026 a Morante con los premios a la mejor faena y al mejor toreo de capa de la Feria de Abril. Y conserva la memoria de su histórica actuación con «Ligerito», cuyo traje de luces entregó el diestro a la institución tras cortar dos orejas y rabo en Sevilla en 2023, como recoge la crónica institucional de aquella entrega.
Por eso resulta tan desconcertante la facilidad con la que algunos parecen dispuestos a olvidar todo lo anterior cuando una tarde no responde a sus expectativas.
No se trata de pedir indulgencia. Ni de negar el derecho a la crítica. Morante, como cualquier torero, está sometido al juicio de la plaza.
Pero una cosa es ejercer la crítica y otra muy distinta es perder la perspectiva.
Quien quiera profundizar en esa dimensión artística puede recorrer nuestro ensayo «Morante y el gobierno de la emoción», donde abordamos cómo una faena puede trascender el resultado y convertirse en memoria colectiva.
Y esa perspectiva obliga a preguntarse qué habría sido de la tauromaquia de estos últimos años sin el compromiso, la personalidad y la capacidad de convocatoria de José Antonio Morante Camacho.
Valencia: el arte no siempre encuentra el toro que merece
La tarde del 9 de octubre en Valencia volvió a poner de manifiesto una de las grandes contradicciones de la tauromaquia: la distancia que puede existir entre el resultado estadístico y la verdadera dimensión artística de una actuación.
Morante de la Puebla dejó momentos de extraordinaria torería, especialmente en su primera faena, donde surgieron pasajes de hondura, naturalidad y una interpretación del toreo que sigue siendo patrimonio exclusivo de los elegidos.
Hubo instantes en los que el tiempo pareció detenerse. Instantes que no necesitan una oreja para justificar su importancia.
Morante de la Puebla en Valencia — Primer toro
En su segundo toro, el recibo de capote volvió a mostrar al Morante que todos reconocemos: el artista capaz de convertir unos pocos lances en una declaración de principios. Después, las escasas fuerzas del animal terminaron por limitar considerablemente las posibilidades de una faena de mayor recorrido.
Morante de la Puebla en Valencia — Cuarto toro
No todo fue perfecto. Tampoco pretendemos que lo fuera. La espada condicionó el balance final y hubo circunstancias que impidieron redondear lo que por momentos parecía posible.
Pero sería profundamente injusto reducir aquella tarde a un casillero de trofeos.
Porque el arte de Morante no se mide exclusivamente por lo que corta, sino también por lo que deja en la memoria.
Y Valencia, una vez más, tuvo motivos para recordarlo.
Ese compromiso inspira nuestra sección Maestros del Arte y la semblanza de Morante de la Puebla, dos espacios donde reunimos su legado, su lenguaje artístico y las razones de nuestra admiración.
Porque no pretendemos sustituir el juicio de nadie. Lo que reclamamos es algo mucho más sencillo: que a Morante se le mire con la misma justicia con la que se exige que él mire al toro.
Que se valore lo que sucede en el ruedo, naturalmente. Pero que no se convierta cada dificultad en un pretexto para cuestionar la dimensión de quien lleva años sosteniendo buena parte de la ilusión de la Fiesta.
Los morantistas también tenemos algo que decir Desde Morantier’s no hemos pretendido nunca disimular nuestra admiración por Morante de la Puebla. Nuestra razón de ser nace precisamente de ese sentimiento, del respeto a su tauromaquia y de la voluntad de preservar y difundir su legado artístico.
Pero admirar no significa renunciar al criterio.
Sabemos distinguir una tarde extraordinaria de otra que no lo ha sido. Sabemos reconocer las dificultades, los errores y las circunstancias. Y precisamente porque amamos el toreo, sabemos que su grandeza no puede reducirse a una estadística de triunfos.
Morante representa mucho más.
Representa la continuidad de una forma de entender el arte. Representa el vínculo entre generaciones de aficionados. Representa la personalidad irrepetible de quien ha preferido ser fiel a sí mismo antes que acomodarse a las exigencias de la uniformidad.
Y representa, sobre todo, a un torero que ha dado muchísimo a la Fiesta.
No pedimos que se le aplauda cuando no corresponde. Pedimos que no se olvide quién es cuando no se le aplaude.
Porque el día que Morante decida que ha llegado el momento de dejar de vestirse de luces, quizá algunos comprendan entonces la verdadera dimensión de lo que hemos tenido delante.
Nosotros preferimos reconocerlo mientras todavía podemos verlo hacer el paseíllo.
Y aquí estaremos sus morantistas. Sus Morantier’s.
Para celebrar su arte cuando aparezca, para analizar sus tardes cuando corresponda y para defender, siempre desde el respeto, el lugar que José Antonio Morante ocupa en la historia del toreo.
Porque las tardes pasan. Los triunfos se olvidan. Las polémicas se apagan.
Pero los genios permanecen.
Morantier’s | Maestros del Arte

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